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La siesta no es una calma en Venezuela

 

(Apuntes sobre la obra de Elisa Lerner)

 

 

Por: ALICIA PERDOMO H.

 

 

Me di cuenta [de] que la siesta no era una calma. Es la primera frustración de un país tropical.

Cuando se despierta de ella, ya es demasiado tarde.

 

Elisa Lerner

Yo amo a Columbo

 

El libro de memorias es sólo una manera de alcanzar fama, prestigio y publicidad

una vez llegada la menopausia.

 

Elisa Lerner

Vida con mamá

 

 

Autora de las  piezas teatrales Una entrevista de prensa o La bella de inteligencia (1959), El país odontológico (1966), La mujer del periódico de la tarde (1976), En el vasto silencio de Manhattan (1964), El último tranvía (1984) y Vida con mamá (1975), ha publicado también  Una sonrisa detrás de la metáfora: ensayos (1969), Yo amo a Columbo o la pasión dispersa (1979) y, Crónicas ginecológicas. En 1999, obtuvo el Premio Nacional de Literatura "por mi pensamiento y dramatización de la cosa venezolana"[1] y Monte Ávila Latinoamericana publica En el entretanto. Carriel para la fiesta, (2000) es una reescritura de Carriel número cinco (un homenaje al costumbrismo) editado en 1983.   Homenaje a la estrella en nuestra opinión, el texto más complejo de Lerner, apareció en 2002.

Elisa Lerner no apuesta por una definición de la crónica, como género literario, básicamente porque se considera una  “mestiza cultural”. Reconoce su hibridez cultural por la intrínseca relación que existe entre ser hija de inmigrantes y haber nacido en un país periférico con una ciudad, Caracas, que desaparece bajo sus pies.

 

Nació en Valencia, Venezuela, en 1932: “Chica judía, chica americana, chica feliz, chica europea. (...) Madre se llamaba Mathilde Nagler Péretz, nacida en Chernowitz, la Pequeña Viena, de gente tolerante que veía al mundo con cierto aroma, con cierto humor. Chernowitz fue indistintamente ruso y rumano, de acuerdo al vencedor. Una foto la muestra veinteañera y despreocupada con otras chicas judías trabajando para el Gobierno austriaco”[2]. Una sucinta biografía basada en datos de la escritora, la ofrece Nabor Zambrano:

 

 

Padre se llamaba Noich Lerner[3], de Nova Solitza, en Rumania, y que ahora pertenece a Rusia. Muy religioso. Una foto los muestra a ambos en una edad donde el llanto fue cancelado por la brutalidad de la historia. (...) Destino La Guaira: Pero pudo haber sido Estados Unidos, donde ya tenía un tío judío con aspecto de tártaro. O el Perú, escogido por otro familiar. Francia tal vez, donde un primo materno ya se había establecido. O esa Venezuela del 29 donde la irrupción del petróleo en la rutina del país empezó a cambiar silenciosamente la vida de una gente que sin decirlo ya quería hacer cosas, donde se percibían los primeros rudimentos de la modernidad a pesar del ambiente signado por una trinidad indivisible conformada por Juan Vicente Gómez, el petróleo y el Estado. Los extranjeros, o el claper Noich Lerner, vieron a Venezuela como un cuerpo muy gracioso que mira hacia el mar Caribe. (…) En la parroquia de San Juan[4],  Mathilde recibía de Europa cartas alarmantes que leía en el más absoluto silencio; cuando las cartas dejaron de llegar, Mathilde Nagler lloró desconsoladamente y padre Noich Lerner instaló una barrera infranqueable entre el miedo y el Nuevo Mundo que Elisa y Ruth tenían frente a sí. Tampoco se volvió a hablar en alemán. Cuando las cartas volvieron a llegar, años después de la noche de los cristales, de las deportaciones y del triunfo de los aliados, Mathilde Nagler Péretz lloró más aún pues varios familiares, ya lo decían las nuevas cartas, habían muerto en el campo de concentración. Las niñas iban al colegio José Enrique Rodó y nunca supieron si eran mestizas, extranjeras por rubitas o judías de idichs como lengua hogareña. ¿El alemán? Nadie se preocupó por practicarlo. El mestizaje les llegó como materia escolar sin culpas ni complejos. América les dio un idioma. Y el Nuevo Mundo eran los mapas de Vasco de Gama y Magallanes, los ríos y puertos de cabotaje y cierta noción cromática que en quinto grado no alcanza mucha definición. Como sí lo lograrían futuras reflexiones sobre otros destinos y otras vidas: ¿Era Colón judío? El almirante realiza un éxodo por el mar, victorioso, porque encuentra un Nuevo Continente; se modifican aquellos viejos mapas donde el hombre miraba el mundo con un solo ojo, ahora tendrán la mirada americana con toda la fiereza del beso con saliva del océano Atlántico[5].

 

Elisa Lerner  se ha  aferrado al cine y a sus personajes porque  le han dado la posibilidad ficcional  de hilar parentescos dispersos: 

 


No me interesa intentar la definición de la crónica ni de ningún otro género porque yo soy una mestiza cultural, tanto por mi formación (por ser hija de la inmigración) como por haber nacido en un país de la periferia. Yo creo que la crónica es el género del mestizaje, el que practicamos los que no tenemos pánico a no ser novelistas. Hay mucha gente que llega a la novela o al relato de manera forzada, por miedo a quedarse al margen de "los grandes géneros". Hay un gran miedo a lo transitorio; y lo bello de la crónica es que no le importa jugar con la mortalidad. Desde luego que cuando yo he escrito crónica no lo he hecho con el objetivo de defender el mestizaje cultural o de indagar en las posibilidades de la mortalidad; todo lo que he escrito responde a un proceso inconsciente: es un canto solitario que algunas veces suena como un aria y otras como una cancioncita popular. Nunca digo: hoy me siento a escribir de tal a tal hora una crónica… no, la crónica es para mí una manera de estar en la vida; una manera dialogante, amable, donde está el otro, donde no estoy yo sola… es una manera poco arrogante de estar en la vida. También es una forma de ciudadanía[6].

 

 

 

La crónica de Lerner no sólo implica su perspectiva sobre un asunto, sino un diálogo, con rasgos cívicos, donde la distancia es clave porque propone, entre otras cosas, la textualización de la ironía, constante, clave en la obra de la escritora venezolana:

 

En nuestro país, casi no hemos tenido experiencia de memoria. Porque los países jóvenes no sólo carecen de un fuerte pasado industrial. Al mismo tiempo (he aquí un dramático aspecto de los países en "vías de desarrollo" aunque, aparentemente, semeje ser una situación de alegría, de espontaneidad y casi de inocencia) tampoco han tenido memoria. Esta es densa, no ligera, y no se construye en un país sin pena o tribulación, sin reflexivas demoras. Como somos jóvenes nunca hemos querido tener memoria y, en suma, hemos preferido ser… mágicos. Por mucho tiempo hemos sido brutales y violentos, poco cavilosos. La magia ha sido una visión hipotética de esas violencias.[7]

 

 

Como la ironía implica una perspectiva en el mundo representado importa el tono del narrador

 

porque aunque el narrador se encarne en  una sola voz o en multiplicidad de las mismas, se formule en  primera,  segunda o tercera persona gramatical, se exhiba o se escamotee, o revele cualquier grado de omnisciencia-, es fundamental en la configuración de los personajes. Implica por más oblicua o enmascarada que se transponga, la perspectiva del autor sobre el mundo  representado,  y la “organización” del mismo que  recibe  el lector. De  todas  formas,  hay  dos  aspectos básicos a tener en cuenta: la distancia que establece esa voz respecto al personaje y la actitud -tono, ritmo- que asume, la   cual determinará decisivamente no sólo su rol en el relato sino la imagen que de él llega al receptor[8]

 

 

 

La ironía como principio de edificación textual, estrategia cara a Elisa Lerner,  monta una trama que ella propone como construcción al lector, pero donde la autora quiere ser descubierta por el interlocutor. La ironía está presente desde el momento en que toda la trama simula, enmascara y modifica intencionalmente la realidad mientras revela una función semiótica: la capacidad de la palabra para mentir. En su asertivo ensayo sobre En el entretanto, Gerendas nota que

 

Desde la hilatura de los textos surge reiteradamente el homenaje a Ida Gramcko[9], a quien se menciona en tres de las crónicas y a cuya memoria está dedicado el libro entero. La figura emblemática de ella apunta al personaje general de la escritora, a la cual se asedia, se problematiza y se sitúa en el centro de un conflicto. Una feroz crítica se despliega en la crónica titulada "Las escritoras de aeropuerto", en la que se expresa una visión dura y decepcionada, afín a la de otros escritores venezolanos, quienes dan cuenta cada vez con más frecuencia en sus trabajos de la carencia de un público lector. En el irónico texto de Elisa Lerner se muestra que la lectura es una ficción y que ni siquiera las "escritoras de aeropuerto", de best seller, son leídas realmente. Lo más usual es que sólo sean miradas las versiones de sus obras hechas para la televisión. A esta situación se contrapone la valorización de las escritoras que no han buscado el éxito fácil, comercial, las que no pregonan su obra a través de las insolentes carátulas que se exhiben en las tiendas de los aeropuertos[10].

 

 

 

La crónica de Lerner es una super-elaboración porque es una hiperficción. Al poner a  dialogar discursos –que infla y desinfla, grada y degrada- simultáneamente, “noveliza” en términos narrativos sus crónicas, que devienen “híbrido intencionado dialogizado”. Coincido con Gerendas quien anota que en “En la magnífica crónica denominada Un osado triunfo de la vida, se encuentran reunidos algunos de los temas más importantes que trata Elisa Lerner en En el entretanto: el de la mujer, el de la creación y el de la vejez”[11]:



En la crónica titulada "Una vieja noticia de prensa: ágape de intelectuales", la celebración del esplendor de la escritura se funde con el fulgor de la fiesta que reunió a los creadores en torno a Antonia Palacios y Miguel Otero Silva en 1955. La autora recrea este hecho a partir de un viejo y amarillento periódico de la época. La reflexión sobre los escritores y la literatura también aquí surge de la subjetividad. El análisis se expresa a través de una visión muy personal, que recorre sintagmáticamente todo el texto, nutriéndose de la memoria y mostrando cómo la escritura nace del tiempo de la infancia.


En casi todos los textos los múltiples y contradictorios aconteceres de la vida, dolorosos o cargados de ilusión, tiernos o duros, pero en todo caso humanos, son siempre percibidos en asociación con el acto de la escritura. De ellos se desprende también una visión cruda y cruel de la soledad, con especial énfasis en la soledad del creador, no como una condición existencial o cósmica, sino como una soledad marcada por el entramado social que ha desplazado al escritor y al artista incómodos a un lugar alejado del centro, a un no-lugar descentrado.


El difícil pulso del humor no se pierde en ningún momento, un humor sin indulgencias, irónico y extremo, capaz de materializarse en la gracia de un estilo, en el donaire de una escritura, para dar cuenta de la capacidad de percibir la extrañeza de los hechos cotidianos. La visión irónica de sí misma y el plasmar la vida intelectual hecha cotidianidad, emparentan la obra de Elisa Lerner con el cine de Woody Allen, así como también lo hacen la visión desencantada y pesimista expresada a través de lo lúdico, el hecho de mostrar las grandes categorías filosóficas sustanciadas en el minimalismo de la vida cotidiana y la agudeza en la percepción de la otredad, así como también los pliegues y los matices de la propia subjetividad.[12].

 

 

 

Pero,  más allá, abre sus textos a la autorrepresentación, a una metaestructura donde Lerner se incorpora y auto-representa guardando paralelismos con Judith de Teixeira, Alfredo Bryce Echenique, Antonieta Madrid, Dina Piera Di Donato y Victoria de Stefano, estas últimas, compañeras en la lectura cultural de Venezuela. Se trata de escritores, entre muchos, que apelan a la metaescritura:

 

la autora no titubea en incorporar su propia representación dentro del texto, para así entrar a formar parte de las historias que narra, aunque a la vez no deja de mantenerse también al margen, simultáneamente. Dentro de este vaivén con el cual se balancea su prosa, los hechos relatados se van desestabilizando, se invierten, se asedian desde distintos ángulos y terminan reafirmándose. La condición del existir, así como la del escribir, se centra en la propia narradora, la cual en algunos casos se desdobla en una otra entrañable, en la joven que ella fue, la doble con la cual dialoga[13].

 

 

En el trabajo de Lerner se combinan, alternadamente, dos textos diferenciados: el relato de su vida (entrevistas y, parcialmente, crónicas) y el relato imaginario donde predomina la ficción (obras de teatro,  ensayos,  relatos, crónicas). Quizás por eso su obra es el resultado de una dialéctica textual e intertextual que repite una misma propuesta estética, una misma idea en torno a algunos conceptos culturales, sociales y políticos.

 

El desmontaje del modelo femenino entrampado culturalmente y la develación del modelo femenino engañoso –como construcción-, son tópicos que marcan la escritura de Elisa Lerner. Sumémosle a esto, la arremetida descalificación a través de una estrategia semántica inflacionaria/deflaccionaria. Se trata, en resumidas cuentas, de un manual de la patología femenina donde se produce la desfiguración de lo femenino por reflejo.

Fumamos -abiertamente nos enfrentamos al cáncer pulmonar- porque locamente, apasionadamente añoramos a un Armando Duval. Somos impenitentes fumadoras porque, en el fondo, queremos parecernos un poquito a la desmayada Margarita Gautier. Si tosemos algo, si estamos algo flacas -gracias al consumo de cigarrillos-, acaso venga el Armando que nos cuide, que nos mime[14].

 

Lerner plantea un foco difusor a partir de estos conceptos (de los que emanarán los semas y sus consecuencias retóricas) y de los  que dependen una multitud de textos (esencialmente narrativos) de la autora donde se justifica y explica el acto escritural. Desde ahí se genera una relación con la biografía, con unas memorias (disfrazadas como entrevistas y como crónicas) que se hacen autobiografema[15]  al ser la misma escritura la que se hace cargo de este acontecimiento. Esta repetición diluye el referente, sin lugar a dudas, y nos aleja de la persona Lerner para ponernos  frente al personaje Lerner. De esta manera, cualquier dato personal  asignado a la escritora venezolana –como persona- es fictivizado y por ello pasa al terreno de la ficción, anulando conexiones referenciales.

 

No me ven con unas bolsas de comestibles bajo el brazo o llevando el carrito de la compra con hacendosa eficiencia, asunto que ocasionara el aplauso aprobatorio de la vecina de piso, de la otra de un apartamento  de más arriba o, probablemente, de la ayudante de la peluquería cercana. Tampoco se me verá en medio de una blanca e higiénica cocina preparando, entusiasmada, un plato prolijo que haga olvidar la maldad literaria de unos tempranos inicios en la escritura. Maldad que, de todas maneras, no ubico en el rostro actual. El retrato, en mi familia, solía tener la cordial seriedad de una fiesta en el tiempo. Las señales de un parentesco. Sam y luego Noich y luego Abe se alejaron en barcos o, más bien, rosas muy resistentes que permanecieron durante días y más días en las aguas de la mar océano. Después, comenzó entre los que se fueron a distantes lugares de la tierra, la movible cartulina de unas imágenes como de cine mudo. Me inquieta el traje con el que apareceré. Seguramente me decidiré por uno de chaqueta verde, con un verde de aceituna mediterránea. Un trajecito de gabardina como el que, al cumplir quince años, mi madre encargóَ para mí al señor Jacobo Reinfeld, sastre de Viena, al que la guerra, al igual que una pelota de fútbol caótica, había aventado hacia Caracas, ciudad de trópico  feliz. ¡Oh paradoja! De tailleur se empezó a hablar en Venezuela cuando el divorcio comenzaba a ser una institución  desenfadada. ¿Casualidad, naipe nada inverso del destino? Mi primer tailleur, encargado al señor Reinfeld, de algún  modo, gemelo en el color y la textura, al que compré durante mi primer otoño  en Madrid. De tal suerte, que con un traje de chaqueta, novísimo  de años, pero, en lo posible, gracioso y bien cortado, me siento segura, protegida y feliz, panecillo crujiente recién salido del vientre materno.

En una película de Woody Allen, en el trasiego de la sala-bar, una de las hermanas de Hannah confiesa su decisión  de hacerse escritora enfundada en un traje de chaqueta (adornado, apenas, con un collar cuyas cuentas, al igual que los miembros de una orquestina del verano, suenan levemente), como el que he elegido para este retrato. Con Hannah y sus hermanas, comparto, además, el entusiasmo de las grandes avenidas haya frío o haya calor, la gracia de las interminables urbes. Aunque, ante el sol (y mi biográfico retrato es testigo) sobre todo, mi rostro es un atribulado y pequeño gato de la noche, que debe buscar refugio en la espesa caricia de las cremas protectoras[16].

 

 

 

 

Esta propuesta metaficcional es la que le permite a Lerner insertarse y ficcionalizarse progresivamente. En sus textos, y tomando la base de los modelos femeninos que circulaban en Venezuela, Lerner crea un doble destronador y desde esa trasgresión niega y resucita otras versiones y otras perspectivas (las particulares versiones de la siempre leída como la “sádica” Elisa).

 

Cuando se lee  “Carta donde se opina sobre Corín Tellado y la novela rosa”, aparece un tipo de lector tematizado en personaje lector. Un lector contaminado, real, en este caso, ayuda a la metalectura.  Con “Carta donde se opina sobre Corín Tellado y la novela rosa”, Lerner escribe un relato –abiertamente humorístico y recurriendo a la mediación cinematográfica- que explicita la incorporación ficcional de la autora real como lectora ideal: 

 

Sádica Elisa

Sus manos

La Pastora, noviembre de 1978

 

Soy tu más devoto lector o para sincerarme: soy tu  más devota lectora. Saborear tu columna de El Sádico Ilustrado es como contemplar una rosa de abolengo (uy... uy... ¡increíble Greer Garson!) en burda solapa confeccionada en alguna sastrería de El Silencio. Y es que ver instalados los postigos de mujer de tu columna en la citada revista cultural ha constituido una de las más grandes alegrías que me ha deparado el destino. Ahora: e-co-no-mi-zo. No gasto, ya, todo el dinero en la compra de revistas femeninas transnacionales. Pues el más sabio week-end de un tipo... de una tipa como yo no se invierte en la lectura de esa clase de magazine, ah? Y es que, Sádica excelsa, en eso se ha venido convirtiendo el tan mentado eterno femenino: en los supermercados, el Buen Hogar suplanta la esquiva dulzura alemana de Marlene Dietrich. Pero no importa. Lo que las numerosas revistas femeninas (¡un verdadero harén!) parecían ofrecerme espero tenerlo compendiado, semana a semana, en tu ya famosa (floral) columna.

Y es que la adicción para ti viene de lejos. Desde muy lejos. Con tu pelito rizado y rojizo (¿efecto de los rayos solares o del champú colorante Silueta?), con ese rostro distante(como de esposa de alto funcionario de la Cancillería), con ese sarcástico rostro tan tuyo (pero, créeme, que muy digno) eres la mismísima Myrna Loy de 1934, la de Esposa contra secretaria: casi todas mis noches adultas han sido de televisión. Y Myrna, por supuesto, en la película era la esposa de olímpica suspicacia, dueña de una feminidad escrupulosa que ya casi no existe en las mujeres. Porque, al menor embate de la vida, se compran una galaxia de cigarrillos...

Querida Sádica: (...) Perdona el que tenga ahora que dejarte. Pero me llegó el turno de jugar la obligada partidita de ludo con mamá y mis tres tías solteras. Soy rendido admirador de tu talento y de tu dulzura.

G.G.

Evita”[17]

 

 

 

En sus entrevistas y crónicas se agolparán otros temas o redes temático-discursivas: exilio interior de la identidad personal, construcción de identidad de escritora, vejez como degradación,  queja del rol genérico femenino, historia oficial, historias cotidianas y personaje narcisista, entre otros. Pero, sobre todo, es el protagonismo del concepto cultural y político, el más caro  a Lerner, porque le permite articular (y articularse) intra-ficcionalmente resolviendo un conflicto con el referente[18] y proponiendo la trasgresión.

 

En pocas palabras, la autora cuestiona la referencialidad. Destruye, entonces, la significación única y  admite una facturación que rechaza y acepta –simultáneamente- el discurso oficial, canónico. Las historias –anécdotas que le deben tanto al referente inmediato e incómodo- narradas por Lerner devienen recuerdos –transmutados en una pintura de época, crónica costumbrista-   que muestra la fisura de una sociedad acostumbrada a la simulación en su acepción negativa y a la violencia soterrada. Pero dentro de las entrevistas y crónicas, el recuerdo de lo vivido se asocia con la actividad creativa y el recuerdo fragmentario de lo vivido como experiencia vital y como suceso pretérito, pertenece a la interioridad de la persona y tiene mucho que ver con la comprensión de las estructuras hiper-referenciales: es la mezcla de realidad y ficción resueltas en una relación distorsionada de Lerner con el mundo real y con sus compañeros generacionales aun y a pesar de haber pertenecido al grupo vanguardista venezolano Sardio. Siguiendo esta estrategia,  la referencialidad del lector es arrasada y/o modificada en el espectro de sus crónicas.

 

La crónica no utiliza los grandilocuentes términos de la épica, ni siquiera para referirse a los hechos más trágicos. Por el contrario, los aborda con refinados recursos minimalistas. El estilo lúdico de Elisa Lerner muestra lo representado en un constante desplazarse, en un movimiento dinamizado por la contradicción. La gracia y el encantamiento con las palabras coexisten con la visión dura, sin contemplaciones, lo cual le permite evitar el patetismo. La belleza y la originalidad de las imágenes, así como el desparpajo y la duda, son los elementos que caracterizan su escritura; la inteligencia y la sensibilidad, la condición a la vez intelectual y juguetona, producen la levedad de unos textos muy densos. Una escritura audaz en cuya raíz está la capacidad de Elisa Lerner de producir imágenes visuales y pensar a través de ellas, así como también el proceso inverso, la capacidad de transformar sus ideas en imágenes sensibles. La percepción plástica de los objetos, la exquisita y refinada mirada captando la condición del mundo material, todo ello le permite a la autora potenciar el proceso de la evocación y lograr hacer reverberar las reminiscencias. Los objetos nutren su subjetividad y son procesados dentro de ésta, para luego desde ahí contribuir a dar origen a su escritura[19].

 

 

En los cuentos-crónicas lernerianos, los datos biográficos de la autora forman parte de otra historia aún por contar o se añaden a la ya escrita –con todo el trastorno que implica añadirse- en un acto de fusión textual donde se refleja una extensa red de citas y performances textuales que explican (y en los que Lerner se explica) cómo se produce el texto y cómo tiene lugar en el mismo el trabajo de la escritura. En ese espacio se definen todas las relaciones y tienen lugar todos los fenómenos que acaban construyendo el universo narrativo de Lerner quien reconoce el poder de la ironía  –como concepto clave- en su texto y en su realidad fictivizada.

 

La ironía[20]es propuesta al lector, quien debe recordar que la ironía implica una perspectiva en el mundo representado (con dosis de descredibilidad, distancia, yuxtaposiciones y desjerarquizaciones) y que con el texto de Lerner tiene en sus manos una crónica-histórica-irónica (acaso, ¿una crónica testimonial?) cuyo significado está siempre en otra parte y que corre subterráneamente. 

 

Si hemos de ser sinceros de cómo, en parte, ha sido contada la historia del siglo pasado, nos ha quedado a los venezolanos una hinchazón, una fatiga. Como si aún estuviésemos cargando las espadas de nuestros héroes y eso nos hiciera algo torpe, lisiados. Las espadas pesan terriblemente cuando el cuerpo brilla menos que ellas. Pero es como si, mucho después de las batallas, nos hubiéramos quedado, en galerías llenas de sol, revisando las armas, las espadas sin penetrar en la oscura intimidad de los cuartos, en la oscura intimidad de nosotros mismos.[21]

 

 

 

Los ancestros de Elisa Lerner vienen de un pueblo milenario que la dotan de un mito fundador que en el presente se desvanece. La lectora Elisa Lerner también conoce la tradición del chiste judío. Queriendo reformular sus arraigos judíos mientras vivía en una ciudad, Caracas, que le era escamoteada a grandes pasos, comenzó a elaborar una “memoria reconstruida y en permanente desplazamiento”[22]. Rastrear las nostalgias y ausencias de familiares nunca conocidos o apenas recordados y casi siempre hallados en las películas, la desaparición de símbolos arquitectónicos como el legendario Majestic, forman parte de la inmensa carga nostálgica no resuelta en la realidad y eso influyó, inconscientemente, en la creación de lo que llamamos, metafóricamente, una memoria fingida en su trabajo literario: 

 

En medio de los días dispersos de nuestra historia, la telenovela, quizás, asimismo, es nuestra exclusiva escritura no facsimilar. Originalísimo género narrativo,  hijastro del folletón europeo de fines de siglo. Palabrejas, rápida, violenta basura del desamparo narrativo. Intemperie de las sangres parentales apoyada en los huidizos documentos líquidos de borbotones de lágrimas. Enigmas, aparentemente, descabellados forman un cuerpo abundante, descomunal.

Tal para cual. Lenguaje de filiación bastarda para un subcontinente donde una gran mayoría proviene de un acertijo del cuerpo. Más que ópera siniestra, la telenovela es altisonante regaño a largo plazo, en torno a un origen incómodo. Natal ambigüedad de los días subalternos y de la que derivan otras ambigüedades, con disimulado sueño de ser natales. Pero, que no lo son. La telenovela, asimismo, zapato fulgurante de gnomo pobre para emprender una acérrima caminata por América Latina. Es cuando una difuminada clase media, alejada cada vez más de las amadas artificialidades de Miami, en apariencia (solo en apariencia) arrepentida de los demonios del consumismo, recogida en la novísima religión de una austeridad fatal, busca cobijo en los largos ferrocarriles de las telenovelas latinoamericanas. Ni más ni menos, cual si encontrara refugio en un solemne salón de actos y, en medio de la rotunda vastedad, que del primer momento no tiene la calidez de los centros comerciales de Miami, la difuminada clase media (esfumada, ciertamente, a ritmo de los capítulos cumbres de una telenovela), se hace, entonces, la sangrante pregunta de su inseguro origen. ¿ Quién soy? ¿Quién es mi padre?[23]

 

 

 

Pero la crónica no es un género menor y aunque alguna ocasión Lerner afirmó que en Venezuela hay un racismo de los géneros que privilegia a la novela, a la poesía o al ensayo sobre la crónica, posteriormente razonó su pretérita afirmación y rechazó esa idea prejuiciada y canónicamente jerárquica: “No hay género menor, hay escritores menores. Sólo hay dos tipos de escritores: los buenos y los malos. A un escritor no lo hace un género, lo hace la escritura. Es muy simple. Sería absurdo negar la presencia de la crónica en todos los géneros: incluso en la poesía; hay una poesía contemporánea donde se percibe una cierta ironía urbana que se toca con la actitud del cronista”[24].

 

 

Tampoco cree que el sarcasmo, cuya vecindad con la ironía corre el riego de ser incestuosa, tenga espacio en su obra, básicamente porque considera que “el sarcasmo es la ironía de gente muy desplazada en la vida, es la malevolencia que no conoce la dulzura de la vida.” De esta manera, reconoce la ironía como una estrategia textual que genera efectos de sentido y como producto de la madurez en la escritura:

 

 

No, de verdad, creo no haber caído nunca en eso (en el sarcasmo). Yo no entiendo la ironía sin lirismo; sin refinamiento, quiero decir. Cualquier persona puede dar respuestas sarcásticas, salidas bruscas surgidas de su tosquedad. La ironía conoce la dulzura de la vida y la añora; la ironía aparece cuando alguien se conduele de que falten las dulzuras de la vida. El sarcasmo no añora las cosas bellas porque las desconoce; el sarcasmo generalmente es la expresión de gente que ha tenido que hacer trabajos muy duros para sobrevivir. El sarcasmo está movido por la urgencia mientras que la ironía existe por el terror de que la exquisitez, los placeres, el encanto, puedan desaparecer; de allí que a veces el ánimo registre una ligera crispación irónica. La ironía y el lirismo se complementan como el hombre y la mujer en el amor: en la escritura deben convivir ironía y poesía como macho y hembra. En fin, que espero no haber sido sarcástica nunca, y si lo he sido, esto se explica por una inmadurez juvenil y quizá por un gran dolor en mi vida[25].

 

 

 

En la obra de Lerner circula un yo histórico que se desplaza a través de un yo lingüístico. El lector debe efectuar una manipulación semántica que le permita descifrar correctamente el mensaje, ayudado o por el contexto o por la entonación del discurso irónico.

En su ensayo Blindness and Insight  Paul de Man dice: “cada vez nos es menos posible hablar de nuestra experiencia humana en términos históricos (...) nos volvemos, progresivamente, más irónicos al darnos cuenta de la imposibilidad de demostrar nuestro ser histórico (...) Curiosamente, parece ser, al desarrollar un tipo de lenguaje que no quiere decir lo que dice, que logramos finalmente, decir lo que queremos decir.[26]

 

La ironía presupone siempre en el destinatario de Lerner la capacidad de comprender la desviación entre el nivel superficial y el nivel profundo de un enunciado. Particularmente importante es el uso de la ironía en la crónica “narrativizada”, relatos, definitivamente, donde la superioridad en el conocimiento del autor y del lector, con relación a los personajes y a los acontecimientos en los que se ven mezclados, permite disfrutar los subrayados irónicos escondidos entre los pliegues del discurso,   los dobles sentidos, los equívocos o malos entendidos ofrecidos por una escritora que construyó un estilo literario, quizás  una de las primeras,  en Venezuela.  

 

No tenemos idioma. Excepciones contadas: un Simón Bolívar porque aprende con Andrés Bello y Simón Rodríguez; un Mariano Picón Salas que se apodera de la solidez de la cultura chilena; Teresa de la Parra, Arturo Uslar Pietri, Rómulo Gallegos, por otras vías, poseen un idioma. Si escuchas el montón te encuentras con esa masa que amasija un idioma de botiquín, ambigua para no comprometerse, montada sobre una inercia que puede confundirse con falta de ética. Tal vez en el fondo de ese desidioma lo que haya no sea más que un gran miedo histórico[27].

 

Como país joven a la búsqueda de verdades más maduras, estamos necesitados de memoria, pero quizá, de "otra memoria" […]. Una memoria semejante es la que nos toca desentrañar y que una nueva generación de escritores, entre nosotros, quizás, está procurando en sus ficciones. […] [Nos] interesan más allá de sus técnicas y certezas literarias, su anhelo y hambre por establecer una certidumbre de memoria, de testimonio que nos concentre y unifique en un tiempo en que el crecimiento urbano hace a nuestras ciudades más vastas pero, a nosotros, más distantes.[28]

 

 

 

 

La mayoría de los lectores especializados, obviando esta compleja estructura dialógica, han insistido en ver a Elisa Lerner persona como  personaje basándose en los  adjetivos “irónica” o/y “sádica”.  Pero su  obra  es  un homenaje a la metarrepresentación.  La escritura será el signo previsto, calculado incluso con maniobras nada gratuitas como la metaficción y el narcisismo simuladamente enunciados, pero con conciencia de ficción. En resumidas cuentas: en ese espacio textual  se definen todas las relaciones –que, otra vez, la conectan con la historia contemporánea venezolana y, sobre todo, con su identidad, y tienen lugar todos los fenómenos que acaban construyendo el universo narrativo de Lerner y que es su metarrepresentación, su propuesta  narcisa y el encuentro con un conjunto de espejos donde la autora venezolana se ficcionaliza.

 

 

 

El yo irónico de Elisa Lerner encierra una rebelión. ¿En  qué momento ese otro monstruoso crece intraficcionalmente y empieza a devorar el espacio real? ¿Por qué, estando sumergida en la patología del espacio cultural venezolano, el yo monstruoso de Lerner prolifera y muta? ¿Se trata de una sociedad donde el intelectual  hombre debilitado comenzó a fragmentarse sofocando a las colegas femeninas subordinadas en una dinámica sacrificial? Y ellas,  ¿han elaborado su venganza, después de arrepentirse del rol acomodaticio de sobrevivientes en la década del sesenta, usando discursos ambiguos, dobles? ¿Serían estas las razones  de Lerner para producir su efecto de sujeto multiforme?  ¿Qué tanto marcó el tránsito de la dictadura a la democracia a unos intelectuales que tenían que nombrar un nuevo espacio público y tuvieron que seguir  apegados al monólogo? ¿Por qué el diálogo, una marca textual demócrata en Venezuela, ha sido tan difícil para las escritoras? ¿Se les ha escamoteado su reconocimiento y ellas han tenido que alojarse en su monólogo irónicamente vengativo y en muchos casos ignorados? ¿Esto significa que Lerner inaugura el rol de la “escritora” en el espacio público pero travestida en sujeto “escritor”? ¿Es tan incómoda su escritura que los críticos prefieren decir que es una mujer irónica? ¿Estamos en presencia de la fictivización femenina dentro de la ficción colectiva?

 

El monólogo se ha prolongado hasta hoy, pero se ha intentado el diálogo. Sin embargo, el  espacio cultural venezolano, patriarcal, ha aceptado el discurso poético de las autoras por dos razones: la primera, porque, prejuiciadamente, supone que toda expresión de una erótica femenina (cuerpo-texto-mujer) encierra una exhibición y, segundo, el espectro de la recepción femenina cambió las reglas del juego porque las lectoras necesitaban un discurso que las enunciara.

De la mujer poeta no solo se espera que utilice adjetivos femeninos para caracterizar a su "yo lírico" (y que diga, por ejemplo, "esta mañana soy otra")  sino, además, que muestre su "sensibilidad femenina", que exhiba su vulnerabilidad, que exprese la primacía de los afectos en su vida, que hable de su mundo privado, que despliegue sus sentimientos como amante y como madre, que ventile las angustias generadas por su dependencia del hombre, que revele sus ansiedades en tomo al envejecimiento (pero no solo como parte del universal "camino hacia la muerte" sino desde el específico temor de perder el atractivo físico ante el varón), que deje testimonio de las limitaciones y recortes inherentes a su rol tradicional...

Al otro lado del espectro, se espera que un hombre poeta plantee los "grandes-temas-de- la-humanidad": la herida temporal, la conciencia de nuestro "ser-para-la-muerte", la finitud de la vida y del amor, la pequeñez de la condición humana ante la inmensidad del universo, el anhelo de trascendencia, el asombro ante los misterios de la naturaleza, la conmoción y el horror frente al sufrimiento humano, el enigma del mal, de la locura, de la crueldad, el escrutinio de eso que llamamos la "realidad", la entronización de la mujer como objeto "natural" del canto amoroso ("poesía eres tú"), la exploración egocéntrica de la propia pasión, el escarnio de la ingrata o la glorificación de la amada silenciosa e inmóvil, los placeres de la camaradería, el amor a la patria, las glorias y miserias de la guerra... [29]

 

 

 

Elisa Lerner rompe con el aspecto monológico del lenguaje. Las redes temático-discursivas, en su obra, son las señas de identidad básicas de esta autora quien, además, se afana en construirse como personaje en una propuesta abiertamente dialógica.  Sin embargo, sus personajes  femeninos –dentro del esquema de lectura cultural- se inflacionan y/o deflacionan semánticamente dependiendo de la presencia de un narrador que recepciona y canaliza la ideología de la autora, del autobiógrafo que es un cronobiógrafo. Creemos que esos personajes femeninos, por lo menos uno, corresponde a la meta-construcción narrativa –y obvia y progresiva ficcionalización- de Elisa Lerner.

 

Indudablemente, en su  obra, la ironía, cuya víctima puede ser un referente anclado en lo real o en lo ficcional, funciona como estrategia textual para desmoronar el texto subterráneo donde está anclado. La red irónica que construye esta escritora  pone las posibles significaciones  en el tapete.

 

Como las entrevistas, sus ensayos y crónicas devienen también  la representación de la  ligazón estrecha y nada casual del acontecimiento vital con la ficción. Se trata de la fusión de lo real y de lo imaginario. Esta amalgama de ficción  y realidad incide en los  personajes quienes son vistos como construcciones mediatizadas, no para ocultar el deseo de transformar una situación específica,  sino para mostrar una realidad  no deseable tal y como se plantea en un principio. Lo que cambia, entonces, en la obra de Lerner son los discursos sobre la realidad: “La ironía es negativa en la vida. En la literatura es una manera plural de mirar la realidad (la realidad que es despiadada, no la crítica)”[30].

 

 

 


 

[1] Milagros Socorro. Elisa Lerner, atleta de la soledad.  Verbigracia. El Universal. N° 48 Año III. Caracas, 1 de abril de 2000.

[2] Nabor Zambrano, “Venezuela es inocentemente europea. Entrevista a Elisa Lerner.” El Universal. Caracas, 31 de octubre, 1998.

[3] “Como confesaría a la ensayista Arlette Machado, el padre fue la persona más importante de la infancia de Elisa. Noich era la fantasía, el humor, la música, "era la diversión, el conocimiento de la ciudad, me llevaba de la mano". La madre, en cambio, tenía una visión muy alemana de la vida familiar, de la limpieza, del cuidado de los muebles. "Yo le temía un poco", aunque rememora con gran ternura que su progenitora le cantaba canciones alemanas mientras la cuidaba de una terrible bronquitis o le daba la comida.” Manuel Fuentes. art. cit.

[4] “La casa donde creció en la parroquia San Juan está descrita en numerosos detalles de sus crónicas. En ellas refleja un pasado que quizás relaciona con imágenes posteriores, como por ejemplo una pequeña mesa blanca "que crecía como una flor amistosa en una vasija de luz", la cual evoca hacia 1984 en los muebles del Hotel Reina Cristina, en San Sebastián, España. "Esos objetos van ligados en mi memoria con la figura de mi madre" y son la esencia del relato "Mesas", una de las piezas de En el entretanto, colección de catorce textos breves publicada en el año 2000. La joven Lerner supo que sería escritora en esa casa de la parroquia San Juan, o al menos sintió la primera pulsión en ese sentido, cuando observaba con admiración a su padre trabajando sobre "un mueble enorme", aquel escritorio la arrebataba y desde entonces "me di cuenta de que amaría por siempre los escritorios". El de su padre estaba en la sala de casa y ella lo veía, como una fijación, admirada, trabajando allí, en silencio. Nunca tuvo la osadía de tomar su puesto, ni siquiera como travesura, pero incubó la idea de agarrar las plumas fuente, inseparables compañeras desde la adolescencia. En aquella casa, modesta pero céntrica, Elisa desarrolló su pasión por ir a los cines que tenía en el entorno cercano. Muchas veces le provocaba dejar de ir a la escuela para perderse en aquellas salas.” Fuentes, art. cit.

[5] Nabor Zambrano, art. cit.  

[6] Milagros Socorro. “Tenemos gente de pocas luces donde había intelectuales. Entrevista a Elisa Lerner”.  art. cit.

[7] Elisa Lerner. Yo amo a Columbo, 35-36

[8] Carmen Bustillo,  El ente de papel. Caracas. Vadell Hermanos. 1995, 56.

[9] Gramcko es realmente la primera escritora de la modernidad venezolana puesto que Teresa de la Parra muere muy joven.

[10] Judit Gerendas.  art. cit.

[11] “En el asedio al tema del paso del tiempo, desde el altivo deterioro de la artista que canta en las calles de Madrid pasamos a otras crónicas, a la magistral "Dedicatoria con pluma fuente de infancia", en la cual la escritora explora su propia condición vital, sin concesiones, aunque atenuando la aspereza de los conceptos con el juego estilístico, con el placer sensual producido por la escritura y sus imágenes. El humor y el espíritu burlón contribuyen a asumir con irreverencia el paso de los años y sus consecuencias, a partir de una percepción que nace, una vez más, de la posición subjetiva. El despiadado análisis culmina con la ironía final que lleva a un cierre brillante”. Judit Gerendas.  art. cit. 

 

[12] Idem.

[13] Idem.

[14] Elisa Lerner, Carriel para la fiesta, 49

[15] El autobiografema –ficcionalización de la autobiografía- está fundado en una particularidad biográfica explícita.

[16] Elisa Lerner. Dedicatoria con pluma fuente de infancia. En el entretanto. 45-46.

[17] Elisa Lerner. Carta donde se opina sobre Corín Tellado y la novela rosa. Carriel para la fiesta.  31-35.

[18] El referente real para Lerner la ubica en plena época contemporánea, postgalleguista, postgomecista y con una naciente democracia pero con una Venezuela  que censuraba conceptos y actitudes. Baste leer su obra de teatro Vida con mamá para entender esto a cabalidad.

[19] Judit Gerendas.  art.cit.

[20] Aunque muchos autores han intentado definirla, hay unos rasgos que permiten detectar la ironía en una obra: a) la distancia es un factor determinante para la ironía; b) si no hay cooperación (víctima/victimario) no hay ironía; c) para que la ironía exista, es importante el tono del narrador; d) la ironía tiene un alto contenido humorístico; e) importa la intencionalidad del autor para que no se pierda el efecto literario. No hay que olvidar  que la ironía define la posición del autor, dentro del proceso creador, con respecto a su propia obra; f) hay inversión, pero la inversión no siempre implica lo opuesto: se invierte lo que se dice para decir muchas cosas; g) la ironía tiene que percibirse del autor hacia el lector, igual que en el funcionamiento del texto; h) la ironía es un artificio que permite ver los dos lados, por ello es un efecto de sentido y forma parte de la construcción del texto; e i), la ironía categoriza al texto. En virtud de lo anterior, la obra de Elisa Lerner que hoy analizamos es una obra irónica porque su sentido está en otra parte.

[21] Elisa Lerner. Yo amo a Columbo, 91-92.

[22] Entrevista Lerner-Perdomo.

[23] Elisa Lerner. La luz que roza el espejo de la telenovela. En el entretanto.  53-54

[24] Milagros Socorro. “Tenemos gente de pocas luces donde había intelectuales. Entrevista a Elisa Lerner”.  art. cit.

[25] Milagros Socorro. “Tenemos gente de pocas luces donde había intelectuales. Entrevista a Elisa Lerner”.  art.cit.

[26] Paul de Man en Rosario Ferré. De la ira a la ironía, o sobre cómo atemperar el acero candente del discurso”. www.sololiteratura.com.

[27] Elisa Lerner. El idioma que no tenemos: miedo histórico. El Universal.  Caracas, 31 de octubre 1998.

[28] Elisa Lerner. Yo amo a Columbo, 37-39.

[29] Susana Reisz. ¿Quién habla en el poema... cuando escribe una mujer?. New York, 2002. http://www.lehman.cuny.edu/faculty/guinazu/ciberletras/v01n02/Reisz.htm.  CiberLetras, N. 2. New York, January, 2002.

 

 

[30]  Entrevista Lerner-Perdomo.

 

 

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Última actualización: Noviembre  de 2004