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Alejandro Varderi
La Mala Educación de Pedro
Almodóvar
La mala educación
(2004) es sin duda la película más cercana a Pedro Almodóvar desde La
ley del deseo (1987). No sólo porque el protagonista vuelve a ser un
cineasta: Enrique Goded-alter ego de Pablo Quintero en La ley, y
por ende del propio Almodóvar- sino porque temas que habían quedado allí
apuntados -la relación entre Tina y el sacerdote del colegio, el amor
nunca resuelto de Pablo por Juan, la rivalidad entre Antonio y Juan- son
centrales a la diégesis del film. Ello utilizando también un texto y el
recuerdo como detonantes de la acción.
Escritura y memoria tienen, pues, el poder de reconstruir para
Enrique la parte de "la mala educación" católica que no vivió al haber
sido expulsado del colegio a raíz de su relación con Ignacio: "oscuro
objeto del deseo" del padre Manolo, el profesor de literatura y director
del internado. Esto mediante el relato "La visita", que Ignacio escribe
sobre aquellos años y envía a Enrique buscando lo lleve a la pantalla. Un
relato "escrito mucho antes" por el propio Almodóvar, inspirándole "la
escena en que Carmen (Tina) entra en la iglesia de su colegio y se
encuentra con un cura que la amó cuando ella era un niño", apunta el mismo
director.
El texto de Pedro/Ignacio se convierte entonces en referente
de la imagen, filmada a medida que Enrique va leyéndolo desde la imagen
misma: "Mis mejores recuerdos se los debo al cine Olimpo" lee la voz en
off de Enrique, ante un plano medio de dos travestis frente a la fachada
en ruinas del teatro; uno de los cuales es Zahara quien, como Tina,
también ha hecho del cuerpo su mejor escenario. Intertextos al cine del
franquismo profundizan en la simulación. Sara Montiel como la monja
descarriada en Esa mujer (1969) de Mario Camus será el icono que
Ignacio y Enrique observan cuando niños en ese mismo cine, mientras
improvisan sus primeros juegos eróticos, y Zahara recrea años después en
un cabaret madrileño.
Como en La ley del deseo la relación entre el director
(Enrique) y su objeto (Ignacio) queda abruptamente cortada por la
distancia y los obstáculos que en su camino pone un tercero (Juan-Zahara)
quien, siguiendo los pasos de Antonio en La ley, irá
desembarazándose de sus competidores hasta lograr sus objetivos: seducir a
Enrique y triunfar como actor. Al travestirse borra convenientemente su
pasado; pues encima de la piel el trazo del compacto y el tatuaje
-constituido por los trajes de Jean Paul Gaultier ciñéndose a su cuerpo
como una seguna piel -escriben y se inscriben, pintan un signo para
enmascarar esa memoria, y permitirle así reescribir su historia.
"Tú eres un buen director y yo estoy dispuesto a todo" le dice
Juan a Enrique tras deshacerse de su rival y quemar también el pasado de
éste; con lo cual Juan será la página en blanco donde Enrique y el padre
Manolo Berenguer escribirán lo que quieran que Juan sea. Ello le permitirá
a Almodóvar profundizar sin trabas en los pormenores de la pasión, y
abordar abiertamente el tema del hostigamiento sexual hacia los niños por
parte de algunos sacerdotes.
"A un niño de diez años no se le quiere, se le acosa, se abusa
de él" enfrenta Enrique a Berenguer al recibir "la visita" de éste tras la
filmación del relato de Ignacio; recuperando así para el espectador la
memoria de las escenas que refieren directamente a aquellos episodios
-probablemente los mejores logrados en La mala educación. Aquí
Almodóvar mantiene efectivamente la tensión entre temor y acoso,
sexualidad contenida y misticismo erótico, espejeando con ello algunos de
los llamados films "edificantes" que el Estado franquista financió y
clasificó de "interés nacional", tales como La señora de Fátima
(1951) y Marcelino pan y vino (1954).
Una cinematografía que, en cámara lenta, ilumina
voyeurísticamente los cuerpos semidesnudos de los niños, bañándose en el
río bajo la atenta mirada del cura, y que utiliza los contrastes de luz en
la secuencia nocturna del dormitorio y el retrete donde el padre Manolo
sorprende a Enrique e Ignacio; se combina con largos close-ups al rostro
de Ignacio y del padre Manolo, en la escena donde el niño le canta una
canción el día de su cumpleaños. Con ello el director manchego vuelve a
recuperar los usos del melodrama y el exceso kitsch que tan fértiles se
mostraron, tanto en las primeras décadas de la dictadura, como en la
primera etapa de su propio cine.
Catorce películas y numerosos premios cinematográficos nos
presentan en La mala educación a un Almodóvar en completo dominio
técnico, con un guión sólido puesto a sostener la trama durante la mayor
parte del rodaje. Si bien al acabar Enrique la filmación del texto, y
enfrentar los personajes la realidad fuera de esa segunda cámara, el
melodrama, a mi entender, se densifica volviéndose excesivo y restándole
efectividad a la última porción del film.
Las transiciones entre la historia de Enrique e Ignacio a
través de Juan-Zahara, y los racontos a la infancia de aquellos dos
jóvenes, son sin dura los mejores momentos de La mala educación;
pues se suceden imperceptiblemente ante los ojos del espectador, inmerso
en el universo almodovariano de pasiones enfrentadas, desacralización de
los valores tradicionales, choque de sexualidades opuestas, cambios del
paisaje urbano, mutaciones físicas y psíquicas de los protagonistas. Todo
ello citando el cine norteamericano de Douglas Sirk, Billy Wilder, Howard
Hanks, Robert Aldrich; y la producción española de la dictatura bajo la
dirección de Florián Rey, Juan de Orduña, José Luis Sáenz de Heredia y
Rafael Gil.
Tal reiteración de referentes podría parecer repetitiva si el
cine de Pedro Almodóvar no trata de entenderse como un corpus donde
los films se integran; cual capítulos de una recherche proustiana
en que personajes, situaciones, temas, objetos se trasladan de uno a otro,
aludiéndose citándose y espejeándose a medida que dicho corpus va
aumentando, extendiéndose e influyendo en la estética de directores tan
diversos como Arturo Ripstein, Wong Kai-Wai y Olivier Assayas, entre
muchos otros.
Otros trabajos del director como Pepi, Lucy y Bom
(1980), Laberinto de pasiones (1982) y Entre tinieblas
(1983) resultan ser alusiones directas; pues el relato fílmico recrea
fundamentalmente aquella época y sus excesos, lo cual le permite a
Almodóvar -con un dominio técnico entonces inexistente- retomar los usos
del kitsch, que tan productivos se mostraron en aquella primera etapa de
su filmografía.
Ello es así dada la capacidad del kitsch para reproducir una
imagen cultural ad infinitum y desligarla del original a fin de
encontrarla en múltiples contextos donde se fertiliza y se enriquece. Pues
el kitsch no imita a su objeto sino que lo lleva al límite en que se hace
apariencia y lo supera, lo traspasa: el objeto traspasa el límite en su
afán de (re)producir no la esencia del original sino su efecto.
Y es justamente en esos momentos kitsch donde, creo, reside el
poder transgresor de Pedro Almodóvar: conservarlos y seguir, como en La
mala educación, encontrando nuevas vías por donde encauzarlos será lo
que pueda realmente renovar la estética almodovariana a fin de que, una y
otra vez, su cine -para decirlo con las palabras del bolero "Inolvidable"
de Julio Gutiérrez- "vuelva a renacer".
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