(Fragmento de novela)
por Alejandro Varderi
-Es curioso...
-¿Qué?
-Pensar cómo la abuela Ribot y el primo Ferran murieron este año con
pocos días de diferencia, y que yo pudiera asistir al entierro de la abuela
en el nicho de los Grau a quienes, en vida, ella siempre había despreciado.
Y, fíjate tú, acabaron todos en el mismo lugar, después de tantos desaires
y rencillas: todos, en el nicho de los Grau, entre la familia Solé-Gisbert
y los Dalmau... "que Déu l'hagi perdonada" dijo la tieta Marcè cuando
volvieron a colocar la lápida... También mis padres terminarán allí, a
pesar de que Camila y yo siempre fantaseábamos con la idea de ser tierra
venezolana la que los arroparía.
-Me pregunto dónde irán a terminar los míos..
-¿Y en verdad te importa?
-No, tienes razón: prefiero no pensar en ello, especialmente ahora
cuando la casa de la Pastora, que mientras vivió el abuelo nunca pudo
venderse, se ha vendido, y de ese jardín donde pasé momentos tan mágicos en
mi infancia no va a quedar nada.
-Sí, me acuerdo: entrabas, y en el recibo había un altar que daba a
unos ventanales abiertos hacia la calle.
-Una virgen de Montserrat tenía.
-Recuerdo también la luz muy brillante del patio interior sobre los
árboles creciendo hacia las habitaciones, y una escalera de piedra subiendo
hasta el mirador.
-Allí nos sentábamos tú y yo ¿recuerdas? o nos mecíamos en el
chinchorro para, de noche, por el hueco del patio observar el Avila oscuro
más arriba, y las nubes que se veían tan cerca de la vegetación creciendo
sobre sus laderas.
-A veces se nos unía Raúl, y empezábamos los tres a contar historias
metidos en ese chinchorro.
-¿Qué se hizo de Raúl?
-No sé: es lo que sucede cuando crecemos y nos alejamos de aquellos
con quienes en el pasado compartimos, y sobre todo descubrimos las cosas
puestas a llevarnos a otra vida después.
-Como con Angel y Emilio.
-Aunque Raúl fue muy anterior, sí; juntos abarcamos el tiempo
destinado a los juegos: el escondite, por ejemplo, al lado de la acequia y
entre los árboles de su patio de arrayanes y tamarindos; o en la casa que
mis padres alquilaron cerca del mar por Arrecifes, y donde ocultarse ya no
comprendió una sustituición de palabras, sino por el contrario fue la
reafirmación del lenguaje, a través de las escenas que fuimos iluminando al
revelarnos en el otro.
-Igual a Maribel y yo en el colegio de monjas, a la hora de la siesta
y antes de la merienda, cuando sor Teresita nos traería el vaso de leche y
las obleas rellenas con sabor a vainilla de Puig... tiempo, pues, de
explorar aquellas zonas del cuerpo, desconocidas aún pero ávidas por
hacerse desde una caricia distinta a la personal.
-Cuando regresé a Barcelona perdimos contacto y luego, al volver, nos
dimos cuenta de que no teníamos nada en común.
-Raúl se casó ¿no?
-Sí: luego se fue a Boston con la mujer y una beca del Mariscal de
Ayacucho para hacer un postgrado, y nunca más supe de él.
-Quizás se quedó en Boston.
-No me extrañaría.
-También tu ex de aquellos años decidió no regresar.
-Sí, ya lo había olvidado. En verdad no entiendo cómo pude salir con
alguien que se trataba con un terapeuta de siete a ocho y diez todas las
mañanas, entre los veinte minutos para saltar cuerda y el nautilus de las
ocho y media...
-También yo estuve paralizada en Caracas más de la cuenta a causa de
Manuel ¿te acuerdas?
-Nunca olvidaré la cara de tu abuelo cuando lo sentaron a su lado, en
nuestra última cena de nochebuena juntos, y cayó en cuenta de que Manuel
era más viejo que él mismo.
-Era lo único que me retenía allí. Al terminar me sentí libre para
deshacerme de todas mis cosas e irme sin remordimientos.
-Curioso: también Camila, cuando vino para el entierro de Noel, me
dijo algo similar al despedirnos.
-Claro: a pesar de nuestras diferencias, ambas sabíamos que la
experiencia Caracas se había agotado para nosotras.
-"Una ciudad-pueblito" la definió ella. Por eso no entiendo cómo mis
padres siguen tan apegados a aquello, a pesar de los problemas y las
desilusiones. Un día que estaba en su casa este verano y tu madre llamó,
pude captar desde la cocina el sentido de la conversación entre ellas, en
el tono nostálgico con el cual la mía recordaba el país que ambas habían
vivido en su juventud. Ahí no pude dejar de admirar su determinación para
volver a empezar desde cero en geografías tan disímiles como la América de
Reagan y la Barcelona olímpica.
-Sí, Nicolás, pero acuérdate que, dentro de todo, ellas no han estado
nunca solas; en cambio nosotros debimos salir adelante por nuestra cuenta.
De hecho mis padres prácticamente ni se despidieron cuando decidieron
marcharse.
-Los míos llamaron un viernes para decirme que esa misma semana se
iban, después de treinta años. Ahí supuse que ellos habían también cortado
con todo definitivamente; y comprendí por qué todo ese tiempo mi madre
había sostenido una correspondencia sin prisas pero ininterrumpida con la
familia; pues presintió que algún día iría a retomar los lugares, si no la
vida, que en su memoria nunca había abandonado.
-¿Y lo logró?
-A medias creo: la Barcelona del diseño postmoderno y los multiplexes
no tiene lugar para ella. Varias veces este verano intenté convencerla para
ir hasta el anillo olímpico y los nuevos restaurantes a lo largo del moll
de la Fusta, pero no hubo manera.
-La mía, sin embargo, está una mañana sin salir y se le cae la casa
encima.
-Cuando he ido a verlos no han dejado de decirme que les gustaría
volver allá para reencontrarse con sus amigos, los hijos de ellos ya
casados...
-Una de las Claret estuvo por Barcelona ¿no?
-Sí, y mis padres la invitaron a tomar café.
-¿De qué hablaron?
-Aunque no nos veíamos hacía como quince años, poco hubo para
contarnos. Fue extraño, pero sentí cual si ella hubiese venido esa tarde
buscando, no tanto reencontrarme, sino más bien reconocerse en una
identidad que el trópico le había hurtado. Me mostró las fotos del marido y
los hijos, la casa construida en el terreno que los padres le regalaron el
día de su boda; y también me habló del miedo, el temor a que alguien le
interceptase la camioneta cuando de noche volvía a casa sola con los niños,
por esas carreteras oscuras que en Caracas siempre llevan a las
urbanizaciones. También me preguntó por ti.
-¿Y eso?
-Se acordaba de los fines de semana y vacaciones cuando te
encontrabas con ella en Puerto Azul.
-No me encontraba con ella mi amor: we bumped into each other en las
playas o las piscinas donde yo siempre iba sola coño. Y entonces no sabía
muy bien por qué, pero viéndolo con distancia era lógico que fuera tan
huraña cuando estaba siendo abusada por mi padre y desatendida por mi
madre. Recuerdo que me iba hasta el farito en la punta más alejada del
club, y me sentaba a llorar hasta que alguna de las parejitas making up
entre las rocas venía a preguntarme si me pasaba algo. Entonces yo me
sentía ridícula y me iba al cuarto a leer hasta que mi abuela venía con la
merienda... "amb una mica de pa" me decía siempre ella, si me veía comer
queso o algún embutido solo; como para darme a entender que en su cultura
no podía haber placer sin atender también al deber.
-"Rosita, fes-me un cubalibre", escuchaba yo en la noche de mi padre
al llegar, mientras se quitaba la chaqueta pidiendo silencio pues habría
seguramente tenido un día difícil. Entonces ponía sus discos de jazz y nos
enviaba a mi hermano y a mí al cuarto para que nadie lo molestara. Después
de cenar, si había alguna película vieja por televisión, se sentaba en el
sofá con mi madre, y juntos evocaban la vez cuando vieron el film en algún
cine ya derruido o convertido en tienda de saldos luego de burdas reformas.
-Qué torpeza ¿no?
-¿Lo dices por lo del cine?
-Más bien por esa necesidad de querer nuestras familias tenerlo todo
bajo control dentro de la casa.
-Claro, pues afuera las contradicciones son tan intensas que no hay
modo ni manera de lograrlo. Y eso, olvídate, es una virtud inculcada
siempre por las mujeres de adentro: abuelas, madres, tías...
-Siempre sin querer darse cuenta del horror: también mi abuela, quien
pasó los mejores años de su vida haciendo cadeneta para acabar sus días
humillada con lo del hijo ilegítimo del abuelo y presa en un paisaje
completamente ajeno.
-¿No les quedó nada?
-No: el hijo, además de arruinarlos, le quitó las pocas joyas que mi
madre no se había llevado todavía.
-No te amargues más, María Eugenia.
-No puedo evitarlo. Te digo, cuando vuelvo de algún viaje el
malestar se agudiza; cual si acercarme a nuestra América hiciera más
profunda una herida que nunca terminará por cerrarse.
Nicolás miró hacia la pantalla puesta a ilustrar la ruta del avión, y
calculó rápidamente la distancia que aún los separaba del aeropuerto
Kennedy. Algo más de la mitad del tiempo de vuelo había transcurrido ya, y
sin embargo le costaba trabajo despegarse de los lugares recorridos ese
verano. Verano del 92 en la distancia, o la cercanía de un tiempo haciendo
casa con la memoria desde las cosas dispuestas allí silenciosamente,
estremeciéndose en la espera: el instante de Nicolás tenerlas palpitando
ante sus ojos como un corazón entre las manos.