| |
EN LOS ZAPATOS DE LEZAMA
-¿Te gustan?
Lázaro tiene en la mano un par de zapatones de señor mayor del tiempo de Matusalén. Humbertico hace un mohín que indica duda. Luego sonríe una pregunta.
-¿Quién se murió, Lázaro?
-¡Ay, cómo estamos! Muchacho presumido, ¿tú has visto las botas Centauro esas que tú llevas puestas cómo están? Ya no dan más...
-No, chico, no es que no me hagan falta. Si esos zapatos tuyos están lindos y todo. Gracias por el gesto. Lo que pasa es que no pegan conmigo. No son mi estilo.
-¡Tu estilo! Ahora si estamos arreglados. Con esa facha de facineroso pareces la viva estampa de la herejía. Agarra los zapatos y no jodas... Bien que te hacen falta.
Ante semejante descripción de su porte y aspecto personal, Humbertico se sintió humillado al límite de lo admisible entre amigos. No obstante, el instinto de conservación guió sus manos en el proceso de probarse aquellas lanchas enormes y solemnes.
-Además, esos zapatos tienen su misterio... ¿Te quedan?
-Están un poquito justos aquí... Déjame pararme a ver.
-No preguntes por qué los tengo, eran para cierta persona.
-¿Un novio?
-Un marinero de tránsito en mi puerto, una piedra en el camino. El pasado que ya no toca a mi puerta...
-Ay, maricón, no te me pongas cursi. ¿Seguro quieres que me quede con ellos? Después no quiero que un marido tuyo te meta una puñalá en el ojo por estar regalando lo que no es tuyo.
-No, hijo, no. Qué va! A ti te hacen más falta y tú eres mejor persona. Además, tú les vas a encontrar otro significado. Como te gusta tanto la poesía y Lezama y todo eso.
-¿Y eso que tiene que ver? ¡Coño, cómo aprietan!
-Esos zapatos me los dio Lezama precisamente porque a esta cierta persona le hacían falta. Un favor para hacer un favor.
Humbertico se quedó sin palabras. Lezama había caminado esos zapatos. Precisamente Lezama que era el centro de su vida literaria y anótese que su vida literaria era el centro de su tiempo libre y de su tiempo esclavo. Humbertico vivía con la cabeza metida en los libros como un avestruz, quién sabe si buscando o huyendo. Su devoción por Lezama, compartida por toda una generación de lectores y escritores, que con igual mala facha rondaban por La Habana, rozaba límites extraños y un tanto absurdos. Él había conseguido en casa de alguien (lo que significa que se había robado en casa de alguien) un ejemplar de Orígenes, la revista que fundara Lezama hacía mil y pico de años. Ahora tenía, además, los zapatos de Lezama.
-De Lezama. Un poeta en los zapatos de un poeta. Del Poeta.
-No hay que exagerar, tú. Poeta ni poeta. Todavía no te he visto que hayas escrito un solo verso. ¿Te aprietan o no?
-¿Qué me van a apretar! Me quedan como un guante. Qué ricos están.
-Entonces dale, que andando se quita el frío. Es que estoy esperando una visita muy especial. Y, niño, mira a ver: si no tienes talco, échate alcohol boricado, bicarbonato o lo que sea, que tienes tremenda peste a pata. Si quieres ven el domingo, que voy a hacer limpieza y quiero salir de un montón de ropas mías que te van a quedar que ni pintadas.
Humbertico ya estaba en éxtasis cuando guardó las botas viejas en la mochila. Ni dijo adiós ni dio las gracias. Lázaro no se puso bravo. Le caía bien aquel pedazo de guacarnaco de casi dos metros, que se creía poeta sin haber escrito ni un verso. Nadie más que él lo creía poeta. Lázaro, sin ser un experto en la materia y tan solo de oír al muchacho describir sus proyectos, lo veía venir en grande. Como muchos otros del mundillo intelectual, prometía. A diferencia de esos otros, no prometía y prometía, sino que fraguaba versos y con un respeto tan profundo al oficio y sus íconos, que no se atrevía a poner en papel la poesía que dejaba asomar en sus conversaciones. El único peligro que le veía Lázaro al proceso era verlo caer como tantos otros en la deliberada imitación del estilo de Lezama. Esa legión de esnobistas, entre los que Humbertico procuraba infructuosamente hacerse notar, se la pasaba leyendo unos bloques de metáforas insoportables que no tenían ni pies ni cabeza. Peor. Recitaban hasta con el mismo ritmo asmático de "mulo en el abismo" que caracterizaba a Lezama. Lo de esa gente era mucho con demasiado. Humbertico rondaba el mismo hueco y Lázaro, a costa de sarcasmos, procuraba hacerlo entrar en razones, para no verlo caer.
Los zapatos eran medio número más pequeños, por lo menos. Sin embargo, la penitencia de llevarlos alumbraba al portador. El muchacho cogió con marcha olímpica aquella Calzada de Puentes Grandes, la pobre, tan sucia y percudida como pocas. El ingenio calzado de Humbertico no intentó mejorar la vía con la poesía, más bien multiplicaba su carencia de encanto. Poco importa como luce, como huele, el asunto es como la percibe el alma sensible del poeta: diferente y como en oferta de dos por el precio de la mitad de uno. La calle era una maestra de las que enseñan de verdad. Fungiendo de iluminado comenzó a vomitar metáforas, de a una por paso. Al cruzar el puente se fijo en que el río debajo se tragaba la macilenta metralla del periódico de mañana. Justo donde los cruzados atenuaban sus cuitas bélicas por poner orden a las culebras del Juicio Primero. Qué alboroto de figuraciones, que confusión de adverbios de tiempo, como un congreso de la esperanza y el desaliento.
-Ay, coño. -La que metió el grito fue una vieja con cara de no haber templado desde la pubertad y de estar sufriendo minuto a minuto su celibato- Verdad que todos los días sale un comemierda a la calle. Niño, ve a ver por donde caminas, mira cómo me has destrozado el juanete.
Humbertico trató de echarle una mano a la vieja, pero ésta rehusó con malas formas la ayuda. Más tardó el muchacho en disculparse que en regresar al estado de gracia. Aunque el sol del mediodía rajaba el alma, prefirió seguirle la rima a la calle sin importarle que lo que se le venía era pura loma. El rumbo era claro: La casa de su tía Irma y María Elena, su prima. ¡María Elena! Alguien como Irma era perfecta para celebrarle sus zapatos. Quizás hasta lograra impresionar a María Elena.
Al llegar al parque frente a la casa de las primas decidió parar. Lo de él con María Elena no era fácil, así que se sentó en un banco bajo el flamboyán a coger un diez antes de entrarle a la parentela. Frente por frente a María Elena y con estos zapatos puestos tenía que salirle el primer poema. Segurito que sí, pues la embolia del cerebelo destraba las ínfulas del nudo Gordiano cuando enfrenta la carne mística. Entonces la vaca sagrada pasta en las vísceras del infeliz ilota, lo engulle y lo regurgita hecho y deshecho, dispuesto a tributar germinales dondequiera que el sol...
-Humbertico, niño, deja la sonsera, que te vas a pasmar.
El grito de su tía Irma asomada a la puerta de la calle lo sacó del sueñito que le había dado el calor y la espera a la sombra.
En la casa la cosa estaba de verdad más fresca, aunque el panorama era definitivamente perturbador: casi medio millar de multi-coloridos adornitos de yeso y plástico reaprtidos entre los muebles del juego de sala en rojo shangó o colgando de las paredes de un color amarillo pollito (pintada con pintura de aceite, de la que brilla). Coronando apoteósica, la lámpara de falso bronce con lágrimas de cristal. Aquel perfecto museo de Lo Cheo noqueó a su estado espiritual.
Irma lo colmó de abrazos y le explicó lo malo que es estar cogiendo sol a esa hora. Incluso a la sombra el resplandor te perjudica. Si no es que se asoma por esas casualidades de la vida, se achicharra. Y además, que es tan extraño no venir directo para la casa de la familia, como si lo estuviera pensando. María Elena no se paró del sofá. Él fue hasta ella para darle el beso formal. Estaba echada remedando a la morsa ártica que encarna la muerte de las especies en la siesta de los Tenorios.
-Así se la pasa, mijo, recostada. Echándose fresco en la papaya, y discúlpame la palabrota. No para de oír novelas por radio o música a todo meter. No aporta nada a la causa. Yo le digo que si no se busca un trabajo, que por lo menos empate un marido o algo... Ella ya le entró a los cuarenta años y nada. Y la cosa está negra. ¡Niño! ¿Y esos zapatos, dónde los conseguiste? ¡Por tu madre, qué buenos están!
-Eran de José Lezama Lima...
-Ese es un mártir ¿no?
-No, un poeta y está vivo. Me les regaló Lázaro.
-Qué buen amigo te ha salido ese muchacho.
María Elena, de súbito, mete la cuchareta.
-Sigue en la juntamenta con los maricones. Todos esos pájaros son la trampa. Igualitico cuando están presos en el tanque o cuando están por la libre: primero te hacen los favores y después te los cobran, ya tú sabes cómo...
Ella ríe y Humbertico quiere hundirse con zapatos y todo por las grietas del suelo.
-¿Qué sandeces estás hablando tú, niña? No le hagas caso, papi, ella lo hace para jeringar. Que a mí el que me los vista y me los calce a ustedes tiene el cielo ganado. Ese muchacho con su vicio y todo es bueno. Muchacha, lo que tienes que hacer es bajar la música.
-De eso nada, que ese cassette está para cortarse las venas.
La escena siguiente devino en clásico almuerzo familiar. Irma contando los chismes e historias mil veces repasadas. Humbertico aguantándole la perorata a la vieja, riendo a veces y acariciando las manos gruesas con todo el afecto posible. María Elena, donde mismo, impersonando sutilmente a la cantante, susurrando la canción y levantando de vez en cuando las cejas en un suspiro de los ojos. La música cursi la usaba de fondo musical para una película que pasaba en sus pupilas tristes. Humbertico sufría esa película como propia. Aquella gorda ajada, de carnes cansadas, era su amor secreto. Aquella prima, veinte años mayor le había llegado al alma cuando unos años antes le sacó la primera leche con la boca. Y si hubiera parado ahí sería más fácil asumirlo. Pero la prima le puso el cuerpo arriba y lo desvirgó en toda la extensión de la palabra, destrozándole el frenillo al adolescente sin intercambiar una frase, sin proferir un gemido. Humbertico se sintió violado por su prima mayor y a un tiempo bendecido, confundido y definitivamente rayado por la uña de la camajana. Ella lo sabía suyo sin que le interesara. Lo usó en un momento de angustia corporal y basta. Su pasión tenía nombre propio en las calles más humildes del barrio y caminaba de un modo intimidante. Un bueno para nada con tan poca gracia física como el propio Humbertico o ella. En este triunvirato de feos sólo el ausente la pasaba bien.
En todo el tiempo pasado jamás intercambiaron una palabra sobre el asunto amatorio. Sin embargo cada uno se sabía lo suyo. A Humbertico no le parecía mal el hábito de María Elena de probar cuanto macho se le ponía a tiro. Sin embargo, él esperaba alguna retribución por el precio pagado, considerando especialmente que se las había arreglado a mano desde entonces. Y ella sabía, pero de "aquello" con él, nada y mira tú que un favor se le hace hasta a un perro. Quizás esta carencia de mujeres justificara su pasión por ella. Pero bien la disfrutaba porque ella despertaba el ángulo en el prisma, ponía a saltar las liebres en los cabellos del Sansón desesperado por las cuitas del vecindario papal. Ay, el verano era una regresión...
-Qué voz! Annia Linares es lo mayor.
La voz de María Elena, nuevamente, lo llevaba y lo traía. Lo ponía a flotar y siempre, invariablemente lo dejaba estrellarse contra el piso. Su vocación de poeta despertaba ante María Elena. Las ideas afluían a su mente con la misma vertiginosidad con que la sangre llenaba sus dos cabezas. Pero no se atrevía a escribirlas en papel por respeto al oficio, a Lezama y a sí mismo. De algún modo estaba consciente de los peligros que le avisara Lázaro. Necesitaba un exorcismo que lo librara de la pesada influencia de Lezama. El esfuerzo de separarse del corro de viciosos repetidores se le hacía mayúsculo. Al menos entendía que en una isla tan chiquita con un poeta hermético basta y sobra.
Lo mayor. La frase de María Elena le disolvía el reguero de metáforas. Ella era así, repetidora de dichos y frases de consumo popular. La gorda les daba una vuelta de tuerca sabrosas, las volvía otra cosa. En eso radicaba su encanto y hasta quizás fuera esa la sazón del amor de Humbertico. Humbertico creía firmemente que las metáforas eran invento callejero, no de los poetas. El uso y abuso del lenguaje por las gentes más bastas parecía un recurso para no cansarse de hablar. Y él se moría buenamente de envidia.
Lo mayor. Parecía obsceno repetir la frase parado encima de los zapatos de Lezama. Lo mayor. Si pudiera seguir adelante y no detenerse en la vergüenza de dejarse escuchar. Si fuera tan desfachatado en su poesía como lo eran al hablar María Elena, Irma y hasta el propio Lázaro.
Las dejó decidido a hallar por el camino un poema. Tenía que salirle y tenía que ser elevado. En los zapatos del poeta, que apretaban con cojones y que le estaban sacando una ampolla horrible, aquí atrás, en el calcañal. Su plan era atravesar la ciudad a pie hasta llegar a la casa del poeta. A tres pasos de la puerta escribiría el poema que iba a entregar en las manos del mejor juez para ser evaluado.
El camino era largo, sin embargo, él se fue a pie porque el calor había bajado un poquitico y él no estaba para guaguas. El sueño de la razón produce ingenios degenerados, corceles que cabalgan sobre las huestes e invierten las estaciones de la guerra. Vecindades que hacinan al fatuo y al crónico en el juego amatorio no requerido.
Ya a mitad de camino, el ejercicio literario le había dado todo el aire de un pagador de promesas. El poeta, o más bien el verso, no aparecía. Apenas un magullado ir y venir de serpientes emplumadas, huyendo de conquistadores conquistados por una Malinche ocupada en tejer cestas para lo náufragos.
La ciudad y María Elena se le presentaban como una unidad de recovecos y portales, sombra y luz. Propios y ajenos. Todo en ellas lo convidaban a un festín de palabras y no se atrevía más que a enredar lenguas de sol en las ramas de una primavera imposible. Mientras, la cabrona ampolla ya empezaba a echar el liquidito y ni siquiera un grueso taco de papel periódico que puso entre la piel muerta del zapato y la piel viva (en carne viva) del talón, detenía al paraíso de demonios instalado en los anillos de saturno.
Llevado por el instinto (y éste, a su vez auxiliado por la memoria) cayó en la calle de Lezama. Exhausto y adolorido se detuvo. A pocos metros veía la casa. Reconoció su número tantas veces mentado en las peñas literarias como cifra cabalística. Y no le dijeron nada ni el número ni la presencia de la casa. Es más, se pararon las metáforas. A su alrededor un tumulto insólito para una calle tan corriente, hacía su vida doméstica al aire libre. Gente que comía, gritaba, bailaba o discutía los más íntimos asuntos. ¿Qué propósito convidaba a estas personas aquí? La concurrencia de voces populares se le hizo insoportable, las proposiciones de los vendedores, las bromas disparadas a diestra y siniestra se le tornaban agresivas y las tomó como un asunto personal. Esta turba es acaso la verdadera órbita de Lezama. Viniendo a ella o escapando de ella. Ésta es la órbita de Lezama Lima. Tan parecida a la suya, tan ordinaria como la suya y de algún modo, tan inspiradora. Eso sí que lo daba por cierto: de ningún modo se podía ser indiferente a esta atmósfera. Al fin tuvo una pista. Era agotador que procurara inspiración en los caminos de Lezama, caminos propiedad de otro, y, en consecuencia, completamente desconocidos. Entonces, ¿cuál sería su camino? Se dio un respiro. Recordó que necesitaba un poema. Miró profundo a los zapatos. Buscó en el bolso una pluma y la libreta arrugada y sin una sola nota. Todo lo que atinó a rayar fue una frase ajena: lo mayor.
Nada, no pasó nada. Todo permaneció en su sitio.
Entonces retomó su rumbo y se lanzó derecho a la casa. Sonó la aldaba un par de veces y creo que se le fue la mano en el esfuerzo. Para peor, como vio que demoraban en abrir la puerta, le dio a la aldaba nuevamente con ímpetu de policía en plan de requisa.
Al sentir que alguien trasteaba el cerrojo del ventanal que daba a la calle, se acordó de que en su vida no había visto a Lezama ni en fotos. Debía ser grande, gordo.
-¿Qué busca?
El hombre que respondió a sus aldabonazos era apenas una silueta a causa de la mucha luz de afuera y toda la sombra de adentro. Electrizado, Humbertico no supo por donde entrarle.
-¿Aquí vive... María Elena?
-No, señor, aquí vive José.
-¿Qué José?
-Jovencito, en Cuba hay solamente dos José: José Martí y un servidor.
Humbertico de golpe constató lo evidente. De la boca no le salieron flores.
-¡Manda pinga!
-Bella frase. ¿Es propia o apropiada?
-¡Manda pinga!
Avergonzado más por la redundancia, que por la frase, le dio por correr por lo menos tres cuadras seguidas sin mirar para atrás ni media vez. El susto se le pasó cuando los zapatos dijeron "aquí estoy yo" nuevamente. Puso el fondillo en el contén.
-No doy más...
Se quitó los zapatos y con el pañuelo les limpió la suela. Luego los metió en la mochila envueltos cuidadosamente en La Gaceta Literaria del mes pasado. En los pies calzó las viejas botas Centauro, tan deslustradas como en la mañana, pero ciertamente más cómodas que aquellos zapatos que le quedaban chiquitos.
Volvió a la libreta, allí mismo, como un loco callejero. Cuando se aventuraba a escribir, le dio por echar unas carcajadas que despejaban cualquier posibilidad de tristeza. Sólo entonces, bajo el título "Lo mayor" escribió una primera frase: "María Elena echada en el sofá...".
A María Isabel Alfonzo y Lilian Domínguez
Al novio que tenía Sigfredo Ariel en el año 1998
New York, abril de 2002
|
|